Detox

He pasado una temporada en el infierno, ese lugar donde no pasas hambre pero no puedes comer. Me hice un detox.
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Luego de que el exceso de trabajo devaluara mis hábitos alimenticios a niveles de maracucho camionero, decidí someterme a un proceso de desintoxicación. Someter es la palabra correcta porque se trata de doblegar la voluntad y la mente, dominarse, contenerse. Sufrir.
Si como dice Murakami en su libro sobre correr, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, yo había escogido, claramente, la segunda opción. Lo comuniqué a poquísimas personas, recordando ese pasaje de la Biblia que siempre me ha gustado sobre aquellos que no entrarán al reino de los cielos porque hacen ayuno pero gritan a los cuatro vientos sus pesares. Me recomendaron hacerlo con una intención ulterior de crecimiento personal, me pareció adecuado incorporar un toque de misticismo, así que formulé mi propósito interior y me fui a dormir con la firme intención de no probar bocado durante las próximas setenta y dos horas.
El primer escollo llegó a las 6 de la mañana del día 1. Las instrucciones del programa indicaban que debía romper el ayuno nocturno con una infusión natural. Error. Si hay una ventaja en la adultez es obtener algunas certezas sobre uno mismo para no confundirse en las horas chiquitas. Por eso hasta ahora me he planteado unas pocas pero muy útiles reglas de supervivencia aplicables a casi todos los aspectos de la vida: uno, no uso animal print; dos, no salgo con militares; tres, no defiendo policías y cuatro, nunca voy a dejar de tomar café por las mañanas. Así que podríamos resumir la experiencia afirmando que arruiné mi detox desde la hora cero, a menos que “guayoyo”, aplique como “infusión natural”.
El segundo error en la aplicación del programa fue hacerlo en días laborales. Si bien recomiendan mantenerte ocupada para no darle bola a la imaginación, tener que explicarle a la secretaria de tu oficina que todo está bien, que no estás deprimida, que no es anorexia, que son sólo juguitos naturales, que no te sientes débil, que no gracias que no quieres torta negra, es un agravante para la situación.
A la hora del almuerzo del primer día, salgo de la oficina con mi potecito de jugo. Me siento en un banquito de la plaza a repasar mentalmente todos los lugares cercanos disponibles para comer y los posibles menús del día. Sopa de garbanzos con patica de cochino, asado negro, arroz y tajadas, carne guisada, arroz y ensalada rallada, pollo al horno con yuca y guasacaca, pasta Boloña, pasticho de berenjenas, fetuchinis con tomates secos y queso de cabra, calabacines gratinados, polvorosa de pollo, muchacho relleno, pabellón con queso frito, ensalada de gallina, hallaca, pernil, pan de jamón, cabello de ángel, tocinillo del cielo, guayoyo con pan camaleón, papelón con limón y este potaje de pepino con celery que me tomo de a sorbitos para que no se me acabe.
Pienso en la intención superior que me acompaña, me concentro, me calmo. Me reconforta la idea de que después de todo esto mi cuerpo estará más limpio y voy a ser un poco mejor. Me engaño. La única verdad es que prefiero comer rico y ser una mala persona.