Aprender lecciones y escoger el bien. Apuntes sobre el final de temporada de Game of Thrones

 

Ayer, viendo el capítulo final de la séptima temporada de Game of Thrones, recordé una frase, cuyo autor nunca anoté, a la que vuelvo cada cierto tiempo para confrontarla: “La felicidad es la experiencia personal del bien, no del placer”. Entendiendo el bien como escoger lo correcto, lo que es bueno.

Moralista no es precisamente una palabra que use para describirme. Me conozco, sé que “no soy la mejor del cuento y que a mi lado no se erigen conventos”, pero hay tres o cuatro ideas que fundan la civilización occidental (¿Westeros?) que aún persisten porque importan:

  • No nos comemos a otras personas.
  • No tenemos sexo con miembros de nuestra familia.
  • No matamos fuera de un contexto de guerra, y si lo hacemos seremos castigados.

Game of Thrones va sobre las tres. Hoy quiero hablar de la segunda.

***

Desde el capítulo uno, la serie nos presentó el incesto entre los gemelos Jaime y Cersei como el problema de origen de todo lo que ocurriría en las temporadas siguientes. En el capítulo final de la séptima asistimos al cierre del círculo argumental con el inicio de la relación entre Jon y Daenerys, ambos descendientes de la casa Targaryen y familia en tercer grado de consanguineidad. Se nos ha dicho que los Targaryen solían casarse entre sí. También que, quizá, ese sea el origen de la locura en el árbol familiar.

Pero.

Jon y Daenerys no se criaron bajo el sistema moral que prácticamente acabó con su familia. La costumbre del todos contra todos de sus antepasados les es ajena. Ambos son outsiders, extranjeros a esa cultura. Por eso la temporada que viene los veremos lidiar con ese conflicto que, más que moral, será ético. Aquí está la grandeza de la historia.

Para despecho de los que no daban un medio por la temporada, este final no es resultado de un fanfiction ni de las presiones del mercado masivo plagado de cursis que, como yo, desean ver a sus protagonistas fundiéndose en un beso frente al atardecer en el Mar Dothraki. Más allá de las discusiones sobre los errores en el manejo de la temporalidad de los capítulos, es innegable el extraordinario trabajo de los escritores. Hay muchas horas de oficio de escritura allí. Lo sabes porque como lector/espectador te pasan cosas mientras lo ves. Como cuando terminas un buen libro con la sospecha de que tu eje personal se ha desplazado unos grados, en un terremoto leve ante el cual no sabes muy bien cómo reaccionar, pero cuyo temblor persiste, se queda contigo a veces por días o meses.

Detrás de Game of Thrones hay un escritor, varios, tocando una fibra que es personal y a la vez colectiva. “¿Esto era realmente lo que querías que pasara?” parecen preguntarte cuando finalmente se consuma el incesto. Y aunque, todo hay que decirlo, debo agradecer a HBO el invaluable plano de Kit Harington semidesnudo, no tuve la reacción que esperaba. Pasé seis capítulos previos apostando porque ocurriera, deseándolo incluso, mofándome de los escandalizados anti-incesto, pero cuando finalmente lo vi en pantalla me sentí, no sé cómo decirlo, ¿triste? ¿desconcertada?

Esa sensación de ¿inadecuación? –sigo buscando la palabra– se ratificó con la caída del muro: el derrumbamiento de los límites para dejar entrar aquello que está beyond the wall, más allá de lo que es civilizado en Occidente.  La guerra, sabemos, será contra los caminantes blancos, símbolos más que obvios del inconsciente y expresión exterior de las pugnas internas de los personajes entre sus deseos instintivos y la idea de hacer el bien, la llamada de lo correcto.

En este capítulo, que nos brindó un poco de orden en esa escalera que es el caos, los vimos finalmente aprender lecciones para escoger lo correcto. Jaime, el caballero medieval, eligió el honor: alejarse de la relación incestuosa con su hermana, lo cual no es poca cosa precisamente en este capítulo. Theon eligió el coraje para salvar a Yara. Sansa eligió aprender las lecciones de la adultez:

–¿Estás segura de que quieres hacer esto? –le pregunta Arya.

–No es lo que quiero, es lo que el honor exige.

Incluso vimos a Rhaegar en un flashback haciendo lo propio: casarse con Lyanna tras separarse de Elia. Jon y Dany también tendrán que elegir, pero para eso todavía tendremos que esperar.

Dos embarazos producto del incesto vienen en camino. Para Daenerys y Jon, destruir la rueda no sólo significará gobernar con sabiduría, si es que llegan a gobernar, sino romper con las costumbres morales que destruyeron a su familia, matrimonios incestuosos incluidos. Por eso es tan reveladora la escena de ambos en el Dragonpit, jugando con los huesos de su pasado. Dany cuenta la historia de cómo desaparecieron los dragones, encarcelados, consumiéndose, haciéndose pequeños, llevándose con ellos la grandeza de su casa. “Tú no eres como cualquier otra persona”, le dice Jon adelantando el conflicto que se le va a venir encima cuando sepa la verdad, que él es un Targaryen pero también es un Stark, uno que además “siempre sabe lo que es correcto” y que ella, la mujer que ama, es nada menos que su fokin tía.

“Un dragón no es un esclavo”, dice la sentencia valyria. Debo confesar que aún hoy, veintiún siglos después de Cristo, me sigue seduciendo la idea pagana de la libertad: haga lo que quiera, sea libre, en contraste con su versión potable, civilizadora, imprescindible para la supervivencia de la especie: tome esta libertad, úsela para escoger el bien. Por eso vuelvo cada tanto, hedonista mortificada, a confrontar la idea de la experiencia del bien sobre la del placer, porque allí, sospecho, obtendré respuestas.

Esclavos de nuestros instintos, subyugados al placer, pisoteados por la moral, no somos libres. Sólo somos libres cuando escogemos el bien por nuestros propios medios. ¿Es entonces Game of Thrones una serie sobre el poder o sobre la ética? Por suerte no es algo que debamos decidir aún.

Mientras tanto, los personajes seguirán luchando para liberarse de, o sucumbir a, sus pulsiones más básicas: el sexo, el miedo, el amor, la supervivencia. Pero también para deslastrarse, o dejarse llevar, por la moral pre moderna, casi salvaje, en la que los miembros de una familia se casan entre sí o un padre se reproduce con sus hijas. La sola exploración de este conflicto valdrá toda la temporada. Nosotros seremos testigos de esa batalla que también es nuestra: aprender del pasado para hacer lo correcto, no comernos a nuestras crías ni tener hijos con nuestros hermanos para no empequeñecernos en espíritu hasta desaparecer.